Era el 18 de junio de 1.178En este año, el domingo previo a la fiesta de San Juan el Bautista, luego del atardecer, cuando la luna se hizo visible, un fenómeno maravilloso fue presenciado por unos monjes que estaban sentados mirando la luna. Había una brillante Luna Nueva y como es habitual en esta fase, los cuernos estaban inclinados hacia el Este. De pronto el cuerno superior se abrió en dos. En el punto medio de la división emergió una antorcha flameante, que vomitaba fuego, en una distancia considerable, carbones calientes y chispas. Mientras, el cuerpo de la Luna que estaba debajo se retorció, por así decirlo, en ansiedad, y, para ponerlo en las palabras de los que me lo contaron y que lo vieron con sus propios ojos, la luna palpitó como una serpiente herida. Después recuperó su estado normal. Este fenómeno se repitió una docena de veces o más, la flama haciendo varias formas retorcidas y regresando después a su forma normal. Entonces, tras estas trasformaciones, la Luna tomó una apariencia negruzca de cuerno a cuerno.





