Si quieres conocer plenamente las leyes que ha establecido el que en los cielos gobierne el trueno y la tempestad, contempla las alturas del firmamento. Allí, leales a su antiguo y justísimo pacto, los astros se mantienen dentro de la más perfecta armonía.
El sol, arrebatado en su llama deslumbradora, no estorba el curso de Febe en el espacio helado; la Osa, que con veloz movimiento gira en torno del Polo, no se hunde jamás en las profundidades del Poniente, a donde van a caer las demás estrellas, ni quiere nunca apagar sus luces en el Océano. Siempre regular, la estrella de la tarde anuncia las sombras de la noche, y el Lucero del alba precede al día bienhechor.
Recíproco amor renueva el eterno curso de las estrellas; en aquellas luminosas regiones no se conoce el odio de la guerra.
El sol, arrebatado en su llama deslumbradora, no estorba el curso de Febe en el espacio helado; la Osa, que con veloz movimiento gira en torno del Polo, no se hunde jamás en las profundidades del Poniente, a donde van a caer las demás estrellas, ni quiere nunca apagar sus luces en el Océano. Siempre regular, la estrella de la tarde anuncia las sombras de la noche, y el Lucero del alba precede al día bienhechor.
Recíproco amor renueva el eterno curso de las estrellas; en aquellas luminosas regiones no se conoce el odio de la guerra.

