En ese momento se levantó un fuerte viento, que me elevó por los aires. Mientras volaba, veía montañas, bosques, mares, niebla, y algo que no se podía definir... Pero observándolo bien, pude ver que se trataba de un dragón de perlas, que volaba entre la niebla. Estaba alucinado por lo que contemplaba, pero no tuve mucho tiempo para pensar en ello, porque se había desencadenado una gran tormenta que me hizo caer hacia abajo, hacia la boca de un volcán.
Aterricé suavemente en el suelo. No se veía casi nada, solo el brillo fosforescente que despedían las paredes. Miré hacia abajo, y vi ojos, manos, insectos... Horrorizado, corrí y corrí hasta que supe que estaba fuera del volcán porque vi las estrellas.
Recorrí el oscuro paisaje, salpicado de piedras grandes como menhires. Solo cuando me acerqué, descubrí que se trataba de seres vivos, aunque estaban tan quietos que se dirían estatuas. En el suelo había una placa que decía: “Aquí yacen los hombres que osaron cruzar el portal prohibido para los vivos, y sobre ellos cayó la maldición. Poco a poco olvidarán lo que fueron sus vidas, olvidarán a los seres queridos, y aquí quedarán para siempre. Olvidarán el habla, olvidarán las palabras y las letras, y sin lenguaje, olvidarán también cómo pensar. Se quedarán inmóviles como piedras.”