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martes, 12 de noviembre de 2013

Tannahäuser


 El comienzo es un amplio velo durmiente de melodía, un éter vaporoso que se extiende, para que el cuadro sagrado se dibuje ante nuestros ojos profanos; efecto exclusivamente confiado a los violines, divididos en ocho atriles diferentes que, tras varios compases de sonidos armónicos, continúan en las notas más altas de sus registros. 
El motivo es repetido a continuación por los instrumentos de viento más dulces: los cornos y los fagots, al unirse a ellos, preparan la entrada de las trompetas y trombones que repiten la melodía por cuarta vez, con un centelleo deslumbrante de colorido, como si en este instante único el edificio santo hubiera brillado ante nuestras miradas enceguecidas, en toda su magnificencia luminosa y radiante.  
Mas el vivo destello, gradualmente llevado hasta tal intensidad de irradiación solar, se extingue rápidamente como un resplandor celeste
El vapor transparente de las nubes se espesa de nuevo, la visión desaparece poco a poco en el mismo incienso matizado en medio del cual apareció y el fragmento se cierra con los primeros seis compases, que se han hecho aún más etéreos


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