sábado, 13 de marzo de 2010

El Hombre de la Luna

El Hombre de la Luna tenía zapatos plateados
y barba de hebras plateadas;
ceñido de oro pálido
de oro tenía la cabeza.
Vestido de seda en el gran globo blanco
abrió una puerta de marfil con una llave de cristal,
y en secreto salió a un patio cubierto de sombras;
por una afiligranada escala de telaraña
bajó deprisa como una centella
y riendo, libre y dichoso,
rápidamente se precipitó a tierra.

Estaba cansado de coronas de perlas y diamantes,
del pálido minarete
vertiginoso y blanco en la altura lunar
en un mundo engarzado de plata;
y se aventuró buscando el rubí y el berilo,
y la esmeralda y el zafiro,
y todas las gemas lustrosas para nuevas diademas
o para adorno de su pálido atuendo.
Estaba solo además, sin nada que hacer
sino mirar abajo el mundo dorado,
o tratar de oír la melodía distante
que pasaba junto a él como un alegre remolino;

y en el plenilunio de la luna de plata
había anhelado tristemente el fuego,
no las límpidas luces de la Selene lánguida
sino una encarnada pira terrestre
con purpúreos resplandores de rosa y carmesí
y una saltarina lengua anaranjada;
y grandes mares azules y los apasionados tintes
del alba joven que baila....

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