
En aquella ciudad se celebraba con gran alegría la noche de los difuntos. Cierto es que en esa latitud, el aire de noviembre era tan dulce como en las noches de primavera. Cierto es que las mariposas aún dormían. Pero era tiempo de fuegos fatuos y ánimas del purgatorio. Y nadie quería renunciar a la mágica noche.
En el paseo del mar, el humo de las castañas asadas se enredaba entre las palmeras, creando una atmósfera violeta y surrealista. Las dependientas de las boutiques iban vestidas de brujas, con pelucones ensortijados de melenas pelirrojas bajo un sombrero negro picudo. En los callejones oscuros se agazapaban las sombras, dispuestas para infundir un gran susto. Porque esa noche, todos en la ciudad querían tener miedo y reírse de la muerte.
En esas circunstancias, una cita en los concurridos cementerios hubiera sido demasiado obvio y vulgar. ¿Qué hacer entonces? ¿pintarse la cara de blanco, subrayando los ojos con un negro demoníaco? ¿o ponerse unos cuernos rojos y enarbolar un tridente cual diablillo juguetón?
No. Nada de eso.
Era una noche para pasarla en soledad. Había que cerrar las ventanas para no dejar entrar el ruido de la calle. Había que vestirse con una túnica blanca. Y quizás, quien sabe, aparecerían los espíritus. Porque era una noche para invocar a los arcanos.

