No
me hables de esa abigarrada multitud cuyo aspecto espanta al espíritu.
Presérvame del ondulante flujo que, a nuestro pesar, nos empuja hacia el
torbellino.
No;
llévame a ese sereno rincón del cielo donde sólo para el poeta florece
la auténtica alegría, donde con mano divina, el amor y la amistad
procuran y dispensan bendiciones a nuestro corazón.



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