Cronos estaba solo. Vivía en una enorme mansión, con estancias tan grandes que a veces ni siquiera llegaba a ver las paredes. No sabía como había llegado hasta allí. Su memoria no abarcaba hasta el momento en que entró en los vastos espacios de la mansión. Y era muy extraño que no se acordara, ¡él, que había inventado todo el Universo, él, que era el Tiempo, él, que era el amo de todo! Y se hacía muchas preguntas:
¿Por qué tengo que permanecer en esta pesadilla en forma de mansión? ¿He llegado aquí por mi propio deseo, o hay alguien que me ha dado esa orden? Y, si hay alguien más, ¿quién puede ser? ¿es que no soy yo verdaderamente el inventor del Universo?
Cronos conocía todos los planetas, los meteoritos, los satélites, conocía todo lo que existe. Contemplaba a los habitantes de las esferas, su vida, sus costumbres. Y la cólera le dominaba cuando veía a los felices habitantes de los planetas. Cronos estaba celoso de esos seres a los que había dado la existencia. Y dormía con esos celos, comía y vivía con ellos.
Un día, comprendió que no podía más. Estaba tan decepcionado de su propia vida que tenía ganas de llorar. Pero él no podía llorar. No tenía derecho. Y lanzó un grito inhumano, agudo y silencioso a la vez, un grito formado con todos los días vacíos que había pasado en la mansión. Un grito que rompió los muros de la casa, un grito que destruyó el Universo.
Le siguió un enorme cataclismo: todo explotaba y se rompía, los planetas, las estrellas, todo. Y el Universo se acabó.
Pero después de la tempestad viene siempre la calma. El humo se fue evaporando, y al final se pudo ver lo que había alrededor. Apareció una esfera azul. Era pequeña y giraba sobre sí misma.
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